MAPA

Recoger un par de mudas y salir. Voltear la llave sigilosamente con la certeza de que la próxima vez será con una vaga humedad en los ojos. Sentir un motor que ronronea de frío de noche y salir tras una guitarra que acompañe el viaje.

En pos de ser.

Convertirse, sin esfuerzo, en el caminante que será añorado y siempre bien recibido en la casa de los delantales y el mantel sucio. El de las palabras y los acentos somnolientos. El que trae en los ojos la pesadez que no se debe a la caza de cocodrilos. El de las llagas en las sienes y los callos en el andar; que arrastre una mochila pesada con la estela de su propio olvido.

Tu decías siempre que las cosas debían sucederse en infinitivo y en una ocasión me retaste a pasar por tu parada de noche. Eras tu la que hablaba siempre en tono de presagio con un todo en la lengua y la pupila esquiva. Eras tu la que le confiaba a Caperucita la pregunta siniestra. Tú en ti y en mi, yo. ¿Qué destino se atrevería a arremeter contra nosotros?

Y alargar los pasos sobre el camino y encenderse con las flores. Y ser el mamífero filoso que regala apretujones en los recibidores. Mirarnos a los ojos sin querer y decirnos que no sabemos actuar frente al otro de ojos abiertos; que el camino solo va hacia donde nos lleve. Que el viajero polvoriento tiene un hogar a las cinco de la mañana, cuando parte hacia la Boca y el alba no aparece. Aún.

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