CABO SUELTO

¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?
(Charly García [Sui Generis], El show de los muertos -Insituciones-.)



Como mañana está cerca y mañana es un día de trenes y poleas en los hombros, voy a tener que apagarme por unas pocas decenas de horas (cuatro o cinco, tal vez).

A razón de esa mutación, que ya me han prometido antes y que trato de postergar con todos mis ímpetus, me aseguro de amarrarme los oidos y clavar la vista en el papel hasta que pase el temblor.

Asi que nada de saltos desde novenos pisos, nada del agua rebosante, nada de pasos secos en la escalera y una luz tenue y jugosa sentada junto a mi en el sillon remendado; no me sentaré a jugar con piedras blancas y escupirme cal como hice años atrás. Esta vez me van a pasar las horas por la nariz y, caballerosamente, diré que el día estuvo soleado y que promete comportarse bien hasta nuevo aviso, me correré a la derecha y, con una minireverencia de cuello, les daré el paso.

Después de todo, me gusta decubrirme a la noche, con los labios y los parpados entumecidos de tanto forcejeo. Sumar a mi lista todo lo que se parezca a un cuchillo o una silla de ruedas, y dormitar sabiendo que mañana no existe más.

Mientras tanto, me haré la idea del pregón como nota curiosa. A quién pueda interesarle, he plantado la bandera: "tengo los muertos, todos aqui, como una llovizna fría."

O tal vez llueva hasta mañana. Es imposible.

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